14 de enero inicio de la toma
Privatización del Frigorífico Lisandro de la Torre: Enero 1959
Hace cincuenta y siete años, una huelga, inédita por sus características, sacudió a Buenos Aires: la que desataron los obreros del frigorífico nacional Lisandro de la Torre, que tomaron la planta para evitar su venta a la entonces poderosa Corporación Argentina de Productores de Carne. Fueron días de lucha en el caliente verano porteño y en un país que empezaba a gobernar Arturo Frondizi.
Recordamos esa lucha nacional y obrera, forjado en el contexto de la resistencia peronista iniciada en 1955, señalando los limites del desarrollismo y la traicion de Frondizi a Peron y al pueblo trabajador
(extracto texto Leonidas Ceruti, historiador)
texto completo http://www.ctarosario.org.ar/article815.html
El Frigorífico Lisandro de la Torre y la privatización
A fines de 1958, el gobierno nacional se olvidó de las promesas y del pacto con Perón, y la industrialización avanzaba en manos de capitales extranjeros. La crisis se profundizaba al compás de posibles privatizaciones y del Plan de Estabilización que le había prometido al FMI.
Esto impactaba directamente sobre los trabajadores: congelación salarial, despido de la planta de empleados públicos, además de las privatizaciones en los sectores del petrolero, servicios y también en el sector productivo.
El Frigorífico Lisandro de la Torre, ubicado en el barrio de Mataderos, era el más grande de América Latina. Nacionalizado por Perón y cedido a la municipalidad de la Capital, para aprovisionar el consumo de los habitantes de Capital y Conurbano. Se faenaban un millón y medio de kilos de carne vacuna por día.
Hacia fines de los 50, se había convertido en un objeto de deseo de los grupos privados ligados a la industria de la carne por la importancia creciente que iba adquiriendo en el rubro el mercado interno por sobre los negocios de exportación. Su privatización formaba parte del Plan de Estabilización pactado por Frondizi con el FMI.
El 7 de diciembre de 1958, los trabajadores del Lisandro de la Torre eligieron una nueva comisión directiva sindical, mayoritariamente peronista, encabezada por Sebastián Borro, un joven dirigente forjado en los duros años de la resistencia. A ellos se sumaba un cuerpo de delegados representativo en el que participaban en minoría algunos delegados comunistas. No era la primera vez que los obreros del frigorífico se enfrentaban a un gobierno: en 1948 y en 1956 sendos conflictos habían terminado en fuertes enfrentamientos callejeros.
En este contexto, el 10 de enero de 1959, el Poder Ejecutivo envió a las cámaras un nuevo proyecto de Ley de Carnes que contemplaba la privatización del frigorífico. El objetivo manifiesto era venderlo a la C.A..P. (Corporación Argentina de Productores), controlado por los ganaderos. El interés de estos en la posesión de establecimientos frigoríficos era reciente, pues el mercado internacional para las carnes argentinas había decaído y el mercado interno era el destino obligado de las mismas.
El sindicato tenía un contraproyecto para aumentar la productividad y el rendimiento de la planta mediante la adquisición de maquinaria para la utilización y aprovechamiento del sebo, la cerda, la sangre, las pezuñas, etc. Al decir de los trabajadores: "Lo único que no pudimos lograr fue una forma de industrializar el mugido".
El 12 de enero, alertados por el inminente tratamiento de la ley, se entrevistaron con el presidente de la Cámara de Diputados, el Dr. Gómez Machado, quién se comprometió a darles una respuesta el día siguiente. A la salida, Sebastián Borro expresó al diario Clarín que los obreros estaban dispuestos a luchar hasta el fin para evitar la privatización: “…le diremos a usted algo que no le hemos dicho al Dr. Gómez Machado. En camiones cargaremos los escombros del frigorífico…”. Para el día siguiente, en que la ley sería tratada en Diputados, el sindicato convocó a una concentración en la Plaza del Congreso. La seguridad de los parlamentarios fue reforzada con la Guardia de Infantería, mientras dos mil obreros se movilizaban con un ternero en el que habían pintado: “Señores Diputados, no me entreguen, quiero ser nacional”. Contra lo que les habían prometido, esa noche la ley fue sancionada. Era la madrugada de la última sesión del año. En la Cámara de Senadores se aprobó sin debate: todos los legisladores eran del oficialismo. (2)
Siempre aprobando esas leyes a escondidas y a las apuradas.

Toma, represion y resistencia
El miércoles 14 de enero, el cuerpo de delegados convocó a una asamblea luego de conocer la decisión de Frondizi de no recibir a la Comisión Directiva. La noticia había corrido y el barrio se encontraba convulsionado por los acontecimientos.
La investigación de Ernesto Salas sobre lo acontecido en esas jornadas es ejemplificador de una de las luchas de resistencia de la clase obrera que se destacaron en el periodo, y por ello queremos compartir estas líneas: “Al otro día, los obreros fueron a trabajar, pero no abandonaron el edificio. A una nueva asamblea masiva concurrieron ocho mil obreros y decidieron mayoritariamente mantener la toma y realizar un paro por tiempo indeterminado. La bandera del frigorífico fue izada a media asta. En tanto, Frondizi recibió finalmente a la comisión y a representantes de las “62 organizaciones” que le solicitaron que vetara la ley, pero éste se negó. En el testimonio de uno de los participantes de la reunión: “Entonces se preveía que iba a haber represión, los obreros para atrás no íbamos a ir”.

Por la noche, la organización de la toma del frigorífico y la vigilia se extendió a los familiares quienes, en gran número, se nuclearon sobre las rejas perimetrales. Previendo la represión, no se apagaron las calderas y se prepararon los bretes para largar la hacienda. El viernes 16 recibieron a los periodistas. La emisión de una entrevista le costaría un mes de suspensión a Radio Rivadavia: Sebastián Borro contó con detalles el intento de soborno que había recibido del presidente de la C.A.P.; como fondo se escuchaban los bombos y, por primera vez, el grito de “Patria sí, colonia no!”. Ese día, Frondizi designó como mediador en el conflicto al jefe de la Policía Federal, el capitán Ezequiel Niceto Vega. Obviamente no había lugar para un acuerdo, la confrontación era un hecho. Para afirmar esa postura, esa noche el ministro de trabajo Alfredo Allende declaró ilegal las medidas de fuerza y ordenó desalojar el establecimiento a las 3 horas del día sábado. Una hora después del plazo, se desencadenó la represión.
La organización interna de los obreros estaba meticulosamente estudiada, un grupo cuidaría las maquinarias para evitar sabotajes de los infiltrados mandados por los patrones, otro grupo atendería a los animales. Se dispuso entonces grupos de choque para defender el patrimonio nacional y la fuente de trabajo: se tendría que mantener la caldera caliente para resistir el embate con las mangueras de agua caliente, se largaría la hacienda para atropellar a los represores, desde el segundo y tercer piso se tirarían rondanas para trabar las orugas de las tanquetas o para pegar de lleno a los invasores. También había grupos externos buscando apoyo en la barriada de Mataderos.
A las pocas horas de iniciada la toma, el frigorífico estaba rodeado por miles de personas en señal de apoyo, estudiantes, vecinos, familiares, comerciantes. La prensa nacional se apostaba en la entrada, ante el portón en el que se colgó una bandera que rezaba: "En defensa del patrimonio nacional". (3)
Los piquetes de guardia en las esquinas del frigorífico fueron los primeros en dar la alarma. Lo que vieron fue una poderosa fuerza represiva que avanzaba hacia el establecimiento: 22 ómnibus cargados con agentes, carros de asalto de la Guardia de Infantería, camiones de bomberos, patrulleros, cuatro tanques Sherman del Regimiento de Granaderos a caballo y varios jeeps con soldados provistos de ametralladoras, estos últimos al mando del Teniente Coronel Alejandro Cáceres Monié. La fuerza así reunida era de unos dos mil hombres.
A las cuatro de la madrugada llegaron refuerzos de Gendarmería y un tanque tomó posición frente al portón. Los obreros en grupos se treparon a los muros y a la puerta de entrada. Ricardo Barco, delegado comunista que observaba la escena, lo cuenta así: “Avanzan los tanques. Estábamos colgados de los portones, porque un poco en la bronca y otro poco de inconciencia, lo que pensamos es que iban a meter la arremetida pero que lo iban a parar [...] Yo, desde el portón, cuando el portón pegó el cimbronazo, pasé por arriba de los árboles y fui a caer en un cantero allá como a cinco o seis metros…y todavía allí cayeron otros [...] En medio de eso, que el tanque entra, avanza, la gente se da vuelta, se para en el mástil y empieza a cantar el Himno Nacional…no hay palabras para decir lo que siente uno en ese momento. Algunos corren a refugiarse de las balas y gases policiales; otros, cuchillo en mano, se abalanzan contra la policía”.
Quienes tenían la misión de largar la hacienda lo intentan en vano. "En la huelga de 1948 las largamos y fue una estampida de decenas de miles de cabezas que se llevaba todo por delante, no quedaba nadie, ni policías ni nosotros. En cambio en el 59 salieron, pero al trotecito, y se pusieron a comer el pasto de las veredas: parece que las vacas también habían hecho su experiencia...". Los animales se movieron poco y nada, y se entretuvieron pastando en los canteros de la planta. Quedó para la historia aquello de “las vacas estaban cansadas”. (4)
La resistencia duró tres horas, aunque la mayoría de los obreros saltaron los muros y se refugiaron en su barrio. Desde el cuarto piso, un grupo tiraba con todo lo que tenía al alcance. A las siete de la mañana la policía retomó el control: 95 obreros fueron detenidos y nueve resultaron heridos.
Las 62 Organizaciones, hegemonizadas por el vandorismo, al frente de la CGT, decretan un paro nacional. Sin organizar la medida y sin tomar ninguna precaución, los dirigentes vuelven a sus respectivos sindicatos. Al llegar, uno a uno fueron detenidos: la burocracia se quitaba así de encima la responsabilidad de garantizar el paro que había declarado.
La lucha pasó al barrio
La indignación por lo ocurrido recorrió el barrio. Durante varios días obreros y vecinos libraron duras batallas contra las fuerzas de seguridad. Mataderos se convirtió en el barrio de las barricadas, se hacían con adoquines sacados de las calles, vías del tranvía, cubiertas de ómnibus de líneas incendiadas y clavos miguelitos. Por la noche los activistas cortaron el alumbrado y la policía fue recibida a pedradas desde las azoteas. Los trabajadores de las inmensas fábricas vecinas, Pirelli y Federal, se unieron a los del frigorífico.
La clase obrera de la zona se transformó en el dirigente espiritual de la población vecina. Era la industria frigorífica predominante quien gobernaba y ordenaba la existencia misma de todo ese complejo urbano. Los lazos informales de la familia, la vecindad y el lugar de trabajo adquirieron una potente homogeneidad, reforzada en su máxima expresión cuando el Estado y su aparato represivo se aprestó a atacarlos. Estos lazos primarios fueron los que comenzaron de entrada a proveer la seguridad y defensa a los obreros y activistas en un plano que ninguna organización formal podía igualar. El barrio vivió una conmoción: en la calle, ¡con las manos!, se levantaron las vías del tranvía. Se hicieron barricadas arrancando el adoquinado, se derribaron árboles, se acumulaba madera, se prendía fuego. Participaba todo el mundo, los obreros, los militantes, los familiares y los vecinos. Inclusive los comercios se adhirieron, porque era una lucha que le pertenecía a todo Mataderos.
En tanto, el gobierno allanó varios sindicatos y detuvo a varios dirigentes. Además declaró “zona militar” a las ciudades de La Plata, Berisso y Ensenada y ordenó su custodia con tropas militares. Entre tanto, Sebastián Borro y otros dirigentes de gremios chicos, como Jorge Di Pasquale, organizaban la huelga. Desde los Estados Unidos, Frondizi declaró: “…la conducción del país la tiene el gobierno y no los gremios”.
Luego de tres días el movimiento de fuerza se debilitó. El miércoles 21, las “62 Organizaciones” decidieron el cese de las medidas de fuerza.
El sindicato del “Lisandro de la Torre” nunca levantó la huelga; luego de varios meses y con Borro capturado, 5000 obreros fueron cesanteados. El frigorífico fue vendido a la CAP. Una investigación realizada en 1974 por una comisión de la Cámara de Diputados descubrió que la CAP había pagado sobreprecios a sus asociados durante años y que los quebrantos, que eran enjugados con fondos públicos, habían constituido una virtual estafa. (5)